miércoles, 17 de febrero de 2010

SOBRE EL VIRTUOSISMO


“Hay que aprender cosas útiles más bien que cosas admirables”
San Agustín


Cuando a un instrumentista le dicen que es un virtuoso, en primera instancia no debería ni agradecer ni ofenderse, porque la palabra da mucho de sí ¿Qué es ser virtuoso?¿En qué consiste exactamente el virtuosismo?
El diccionario define el virtuosismo artístico como “el perfecto dominio de la técnica”. Definido de estas manera, el virtuosismo no encierra nada malo en sí, incluso se podría pensar que de buenas a primeras que es hasta necesario que un músico conozca de punta a cabo su instrumento y las reglas de la armonía en general. Entonces ¿porqué en ocasiones el apelativo de “virtuoso” tiene un sentido peyorativo?
Cuando se escucha por primera vez música escrita o interpretada por músicos de elevado nivel técnico, sea éste Paganini, Paco de Lucía o Buddy Rich, uno siempre queda anonadado por la destreza que exige dicha música; el gran público aplaude a rabiar las proezas del artista y los entendidos se admiran de sus capacidades. Todos reconocen el talento y las horas de trabajo que se han invertido, todos ovacionan al artista. Ahora bien, uno se puede asombrar la primera vez, pero quizá a la segunda el asombro no sea tan grande ¿A qué se debe eso? A que muchas veces el instrumentista que está dotado de grandes capacidades interpretativas basa su quehacer en eso, en sus capacidades, y no orienta su música hacia donde se supone debería orientarla un músico. Muchas veces los músicos “virtuosos” caen en el síndrome del pavo real, esto es, querer exhibirse. En resumidas cuentas, ocupan la música como prolongación de su ego, no de su yo. Muchas veces, la exhibición de este tipo denota falta de ideas o de cosas que decir…
Habíamos dicho más arriba que el diccionario definía el virtuosismo como perfección técnica. Bueno, pero ¿qué tipo de técnica debe poseer un músico? La respuesta puede parecer obvia, pero ojo, se puede tener precisión milimétrica y conocimientos completísimos de armonía y contrapunto, pero hacer música que tenga un real valor artístico generalmente requiere de una técnica más diversa. Si lo dejamos en lo mencionado solamente, resultaría que el guitarrista de rock más influyente de la historia sería Michael Angelo y no Jimi Hendrix.
Un virtuoso, un verdadero virtuoso, va más allá de la exhibición egocéntrica de sus habilidades instrumentales. Como la música es un arte y no un deporte, el asunto va más allá de una mera habilidad motriz. Además de algo físico, el intérprete debería intervenir a nivel emocional, intelectual, y en última instancia, a nivel espiritual. Debería existir una conexión entre sus emociones, sus ideas y su acción muscular en su instrumento. Tal vez suene poco aterrizado lo que se propone aquí, pero si uno se pone a analizar la música de gente que es o fue extremadamente habilidosa, pero que es profundamente emotiva (el caso de Bach es paradigmático) uno cae en cuenta que no es tan descabellado. Hagamos el siguiente ejercicio: si uno deja de lado a gente como Bach o Jeff Beck y se centra en gente como Yngwie Malmsteen o Paganini, que valoran la técnica instrumental por sobre cualquier otra cosa, nos damos cuenta que éstos últimos salen perdiendo feo, porque su mentado virtuosismo es sólo a un nivel, el puramente motriz, llegando a descuidar en ocasiones incluso la propia musicalidad. Es más, si se les compara con gente que supuestamente es de un nivel musical inferior (en cuanto a rebuscamientos musicales), como The Ramones o John Lee Hooker, también salen perdiendo, porque, a fin de cuentas, es mucho más importante revolver las entrañas del oyente, o que simplemente pase un buen rato, que apabullarlo con cosas enmarañadas por el solo hecho de decir “miren de lo que soy capaz”. Con esto no digo que la música compleja sea mala de por sí, pero sin duda la mejor música, sea esta hecha con cuatro notas o con cien, es la que tiene alma. El resto es paja molida.
Ahora, lo emocional ¿es susceptible de aprenderse? Yo creo que sí, pero es algo más difícil, porque implica adiestrar la conciencia. Tocar música con alma y transmitir sensaciones al público exige poseer una sintonía con éste, es eso que se llama empatía. En resumen, se requiere un estado mental determinado. Y todos sabemos que es mucho más difícil dominar la mente que ejercitar el cuerpo.
En resumen, un virtuoso no es aquel que sea capaz de tocar un mayor número de notas por segundo por el sólo hecho de hacerlo, sino que dicha ejecución debe ir ligada a una intencionalidad, a querer decir algo en eso que se hace, a querer entregar algo. Si no, es preferible callarse. Porque como decía Miles Davis (un grande de todos los tiempos, y absolutamente antivirtuosista por lo demás): “el silencio es el más potente de todos los ruidos”.

lunes, 1 de febrero de 2010

Metallica en Chile (26 de Enero de 2010, Club Hípico, Santiago de Chile)




El martes pasado para mí fue especial. Yo fui de los que se quedaron con la entrada en la mano en el 2003, cuando Metallica canceló a última hora su show en la Pista Atlética del Estadio Nacional. Así que para mí el 26 de Enero tenía un sabor especial, un sabor a desquite. Además, ya había visto el monstruoso show de Iron Maiden el año pasado, así que moría por ver de qué era capaz su contraparte norteamericana.
Criminal apareció con un buen par de minutos de retraso, y dieron cuenta del buen momento por el que pasa la banda hoy en día. La entrada con “Self Destruction” fue muy acertada y mostró porqué la agrupación de Anton y compañía ha terminado por convertirse en la experiencia metalera más sólida que ha salido de nuestro país, más allá de que sólo hayan dos chilenos en la banda hoy día. Criminal tuvo que pasar por los típicos problemas de sonido que le acontecen a las bandas que abren este tipo de shows, pero así y todo se las ingeniaron para llegar al público, que escuchó atento y aplaudió educadamente, sobre todo con los temas de sus dos primeros álbumes, los incombustibles “Victimized” y “Dead Soul”. Mención aparte para el baterista Nick Barker (Testament, Dimmu Borgir…), quien mostró poseer una técnica y un poder tremendos y un sonido demoledor, sobretodo en los bombos. Anton Reisseneger todavía debe estar feliz, porque cumplió el sueño del pibe y de paso demostró que en Chile su música aun pega y es respetada.
Una vez que el Sol se hubo puesto y los últimos compases de “Heavy Metal Thunder” de Saxon se desvanecieron, la bellísima música de “El Bueno, el Malo y el Feo”, cortesía de Ennio Morricone,comenzó a sonar, lo que marcó el fin de una espera de nada menos que once años y el comienzo de la euforia de los cerca de 60.000 fans y de una noche memorable. Metallica apareció y el Club Hípico se vino abajo. El comienzo con “Creeping Death” no pudo ser más golpeador. Yo he escuchado quejas de alguna gente acerca del sonido. Ciertamente en los tres primeros temas hubieron problemas, pero después de esto el sonido fue sencillamente arrollador. Contundente, pero muy cristalino a la vez. Las mayores quejas han venido de la gente que se colocó atrás de la torre, pero yo digo que si vas a gastar $28.000 será por estar lo más cerca posible y no para ver la cuestión por pantalla gigante (de los de Cancha VIP no hablo porque no vale la pena gente que avala ese tipo de prácticas). Para eso con la misma plata me compro el DVD que la banda grabó en México D.F. (muy buen material dicho sea de paso) y lo veo en mi casa sentadito en el sillón con una cervecita en una mano y su cigarrito en la otra…
En lo estrictamente musical, Metallica demostró que los problemas y crisis que la banda padeció en tiempos anteriores han quedado atrás definitivamente. Sonaron fuerte, compacto, y se notaron muy compenetrados entre sí. James Hetfield, además de ser uno de los mejores guitarristas rítmicos hoy por hoy, conserva su carisma, su comunicación con el público y su particular sentido del humor (la que se mandó en "Nothing Else Matters” fue de antología). Robert Trujillo, simplemente notable. Su forma de tocar se acerca mucho más a la del inconmensurable Cliff Burton que Jason Newsted, lo cual le da una contundencia al sonido que Metallica había perdido. Kirk Hammett mostró que su habilidad con las seis cuerdas no ha decaído y que continúa soleando como de costumbre y usando el wha a la pinta suya. Y Lars Ulrich…bueno, sería majadero decir que su forma de tocar está lejos del estilo técnico, innovador y visceral que exhibiera antaño (de hecho se anduvo trabando en un par de canciones), pero así y todo su saber hacer está ahí, y cuando quiere lo saca a relucir de forma notable.
¿Los puntos altos? Mmm...… además de los temas ya mencionados, yo diría “The Four Horsemen”, “Harvester of Sorrow”, “Fade to Black”, “Fight Fire with Fire” y “Seek and Destroy”, pero sin duda alguna lo más apoteósico de la jornada fue “One” (con esa orgía de luces y fuegos de artificio), seguida de una tremenda “Master of Puppets”: más de quince minutos de canto y vacilón imparable. Los temas de su último álbum mostraron a una banda que no se ha quedado en el pasado y que aún siguen vivos como fuerza creativa (a pesar de las deficiencias notorias en el sonido de “Death Magnetic”).
Para finalizar me gustaría añadir que es en este tipo de eventos donde se demuestra la vigencia de los grandes dinosaurios del rock, y Metallica se validó a sí mismos con creces. Es de esperar que no se demoren once años más en volver, y que las productoras dejen de especular con la ansiedad de la gente ¿Qué es eso de la cancha VIP? ¿$30.000 la cancha general? Esto es algo muy propio de Chile: para darte una mano nadie se ofrece, para meterte un coligüe por el poto hacen fila. ¿Porqué tan cara una entrada? ¿Lars cobra en monedas de oro, no en dólares? Y lo dejo hasta acá porque ya me piqué. Grande Metallica. Que se jodan las productoras.