
No voy a ir a Rage. Es muy posible que no pueda ir a ver a Rush. Todo por culpa del precio de las entradas. Los precios que se están cobrando para los eventos culturales en Chile son altísimos. Qué mierda más grande. A esta altura del partido este hecho no debería sorprender a nadie, dado que en nuestro país todo se ha encarecido, y las principales tareas que un país debería imponerse a sí mismas (salud y educación) están convertidas en un negocio muy rentable para los inversores pero muy perjudicial para los consumidores (que ya no ciudadanos) de este rincón del mundo.
Puede que parezca exagerado, pero para mí el hecho de que para oír a Zack de la Rocha gritar en contra del capitalismo haya que pagar alrededor de 40 mil pesos es la gota que rebalsa el vaso. Yo sé que igual se va a llenar, y va a haber gente que se va a jurar antisistémica porque fue, siendo que este hecho no implica otra cosa que aceptar las contradicciones que entrega el mercado. Hay que observar que el público que sigue a Rage Against the Machine en Chile se compone en su mayoría de gente de clase media-alta, “progresista”(esto es, que quiere cambiar el mundo pero mantenerlo igual al mismo tiempo), y que no escucha hip-hop porque es muy flaite, y menos metal porque son puros “tarros con piedras”, como me dijo un amigo mío hace muchos años; pero que se acomoda con esta banda porque son onderos, y los rotan con frecuencia en la radio, a diferencia de los Panteras Negras o D.R.I., que son mucho más incendiarios en su propuesta, y por lo mismo las radioemisoras no los difunden. Ahora, este segmento del público bien puede pagar, así que al resto que les den por atrás, no?
Yo estoy cesante de principios de este año, y si no es por la mano caritativa de un par de hermanos del alma que tengo no podría haber ido a Metallica a principios de año. Pero antes no era así. Yo fui a Maiden el año 2000 y la entrada me costó 15 lucas. Un precio más que razonable si lo comparamos con las estratosféricas cifras de ahora.
¿A quién le echamos la culpa?¿A las productoras? Sería lo más lógico, en Chile existe un oligopolio en el cual un puñado de productoras controlan prácticamente la totalidad de los eventos masivos que se realizan. Pero el asunto es según mi humilde punto de vista es algo más complejo que no se resuelve solamente yendo al Sernac a alegar por el precio de las entradas. Acá hay una serie de factores que han ayudado a que la situación haya escalado hasta el punto en que se encuentra ahora.
En Chile por muchos años nos vimos privados de recitales de gran magnitud. Durante el apagón cultural que se produjo tras el golpe militar tuvimos que presenciar, por ejemplo, cómo Queen tocaba en la casa del lado y nosotros aquí, chupándonos el dedo. Con la llegada de la democracia eso empezó a cambiar, pero (y esto puede sonar a carril pero yo creo que puede ser una posible explicación) se desarrolló una suerte de ansiedad por parte del público, una suerte de “hay que ir a ver a tal o cual banda porque quizá no vuelva nunca más”. El hecho de que te priven de algo por tanto tiempo te vuelve alguien ávido de eso que te quitaron, y aunque después tengas posibilidad de tener eso que se desea, nunca va a ser suficiente. Las productoras, con un ojo propio del comerciante para ver las debilidades de la gente, se dieron cuenta de esta situación y empezaron a cobrar los precios que cobran, porque saben que hay un público cautivo que nunca los hará perder plata.
De la actitud de las productoras (y del avalamiento de esta actitud por parte del público al comprar entradas a este precio sin vacilar) se desprende un tema que creo es el tuétano de este asunto ¿Qué entendemos por cultura? ¿Dónde termina el arte y empieza el chanchullo comercial? Durante la década del 90 se instauró un discurso oficial sobre la cultura centrado en la participación en un circuito igualmente oficial mediante fondos concursables y la creación de muestras ciudadanas a las cuales el grueso del público tenía acceso, pero ¿es ésta una política cultural efectiva? Yo creo que no. Yo siento que se habló mucho de cultura, porque era choro hablar de eso y que era parte de una pose intelectual para diferenciar a la Concertación de sus adversarios políticos, pero creo que se hizo poco, por no decir nada, por apoyar el desarrollo real de ésta. Una política cultural efectiva y no efectista debería centrarse por un lado en una educación artística de calidad (y que no sea el culo del currículum como ahora); y por otro lado se debería velar en que eventos culturales como los recitales masivos (el rock y la música popular son cultura, aunque no lo crean!) sean de acceso a todo el público. De lo contrario se cae en la mercantilización de la cultura, lo cual podrá ser bueno para un grupito, pero es nefasto para nosotros como sociedad. Como decía un graffiti que vi por ahí, “la cultura es la ventana de nuestra alma” ¿vamos a cobrar por mirar a través de ella?