

17 de Octubre, Estadio Nacional
Pues bien...después de mucho llorar logré estar ahí, y estoy muy agradecido. Perderme a Rush habría sido para mí algo muy pero muy frustrante, pero afortunadamente no fue así.
Aunque 40000 personas es mucha gente, El Estadio Nacional puede albergar un par de miles de personas más. La cancha estaba llena hasta un poco más de la mitad, y en la galería habían vastos espacios vacíos. Voy a sonar majadero, pero el precio de las entradas jugó en contra. Yo esperaba un Estadio Nacional donde no cupiese ni un alfiler, pero bueno, así está el patio como dicen los españoles.
El tiempo inmediatamente anterior al inicio del concierto se me hizo eterno, la ansiedad se podía percibir en todos los rincones, ya nadie podía esperar más. Así que cuando se apagaron las luces la euforia comenzó. Una película a modo de intro nos mostró el lado humorístico que Rush siempre han sabido cultivar y que tanta falta hace de repente en el seriote mundo del rock progresivo. Quizá esa sea la gran diferencia de Rush con otros grupos del estilo. Jamás han posado de doctos o de místicos o de literatos, menos de estrellas. Lee, Lifeson y Peart son gente de carne y hueso, como tú o como yo, poseen una gran empatía entre sí y esa empatía se transmite al público. Me atrevería a decir que es eso lo que realmente los distingue, y no su mentado virtuosismo instrumental.
Rush es una banda transversal. Al Estadio Nacional llegaron artesas, amantes del rock clásico, representantes de todas las sectas metaleras, e incluso vi un puñado de gente normal. Todos venían con el propósito de admirar a una de las pocas bandas de la vieja guardia que conserva intacto su poder y su creatividad. Así que cuando sonó “The Spirit of Radio”, el recinto de Marathón se convirtió en una caldera... pero a Geddy Lee se4 le notaba un poco incómodo con su propio desempeño vocal, situación que fue mejorando poco a poco a través del show.
El show, como es sabido, se dividió en dos partes, con un break de 20 minutos al medio. El recital fue de menos a más, la primera parte fue más discreta que la segunda (con esto no quiero decir que fue mala, sólo que fue “menos buena”), con un repertorio más basado en su etapa ochentera y de principios de los ’90. Los puntos más altos de esa primera parte fueron “Freewill”, con un gran solo por parte de Lifeson, y un “Subdivisions” que sonó simplemente perfecto.
La banda sonaba fuerte, muy fuerte, pero al mismo tiempo muy prístina, y se distinguía a la perfección cada detalle de lo que se ejecutaba. El bajo sonaba punzante, agresivo, con muchos agudos, lo que ayudaba a realzar las tremendas líneas que Geddy Lee realiza en su Jazzbass. La batería sonaba un poco más atrás, pero con esa prescencia y personalidad que sólo Neil Peart le puede dar. En medio está Alex Lifeson y su guitarra, siempre en ese bendito segundo plano, pero cuyo sonido es el color y la textura que requiere lo que construye Peart y Lee. Un tipo muy subvalorado, que no posee todo el reconocimiento que merece, pero cuando quiere (y cuando lo dejan, que todo hay que decirlo) brilla de gran manera, como en ese extraordinario solo de “La Villa Strangiato”.
Luego del break vino nada menos que la rendición completa de “Moving Pictures”. No vamos a entrar a analizar cada tema, sólo dejaremos constancia de que a ratos me costaba creer que lo que escupían los altavoces fuera efectivamente en vivo, tal es el nivel de perfeccionismo con que tocan. Ojala hubiesen más bandas que hiciesen lo que hizo Rush con este disco, como lo que hacía Pink Floyd en su momento, o los discípulos más aventajados de Rush, Dream Theater. Yo siempre he querido ver, por ejemplo, a Maiden tocando el “Seventh Son o a Seventh Son” completo ¡Qué increíble sería!
Después de esto la banda comenzó a repartir temazos a diestra y siniestra. Aquí se dieron los puntos álgidos de la noche. El primero comenzó con uno de los momentos más esperados de la noche. Neil Peart se despachó uno de esos solos que él y nadie más hace, mostrando esta técnica quirúrgicamente precisa que lo ha hecho reconocido como uno de los más grandes de todos los tiempos. A eso siguió una bella intro acústica por parte de Lifeson para “Closer to the Heart”, con una pequeña sección en ritmo ternario al medio que sonó muy bien. Y de ahí, lo que personalmente más vacilé: la overtura de “2112”, seguida de “The Temple of Syrings”, con la afinación más baja y el pulso más lento que en el original, lo que convirtió esta ágil pieza progresiva en una fiera metalera que fue cantada por el respetable palabra por palabra.
Dos temas cerraron la noche de gran manera: “La Villa Strangiato”, en una gran versión con intro a ritmo de polka y un gran solo por parte de Lifeson y su Gibson 335, seguida de “Working Man”, donde se volvió a utilizar el tempo ternario de “Closer...”, pero esta vez al principio, para luego dar lugar a la avalancha de riffs de la versión original.
Mientras rodaba la película que dio cierre al recital, sentí que a pesar de lo extenso del show, faltaron su par de temas... a mí me habría gustado escuchar “Xanadú”, “Farewell to Kings” o “The Trees”, pero bueno, no se puede dejar contento a todo el mundo. Fuera de este alcance fue un muy buen show. Que vuelvan una y mil veces porque Rush es de esas bandas que siempre vale la pena, ya que su veta creativa es prácticamente inextinguible.