El contacto con la música es un proceso que se hace en su mayor parte de manera inconsciente, sin analizar mayormente qué tipo de reacciones se producen en nosotros a nivel físico o psíquico. Esto de por sí no posee nada de malo, pero se supone que la persona que está vinculada a la música de manera más íntima debería ser capaz de ir más allá de lo que se experimenta comúnmente al momento de entrar en contacto con ella, y al mismo tiempo transmitir ese ver más allá al resto. Esto implica ir más allá del mero disfrute al momento de escuchar o de ejecutar una pieza.
El hecho de que el oído humano nunca descanse a la manera que lo hace el ojo por ejemplo nos lleva a ser más atentos con lo que escuchamos, lo cual no quiere decir que siempre le prestemos la atención requerida a una fuente sonora determinada, esto debido a que el entorno sonoro es algo tan omnipresente en nuestra vida que simplemente el bombardeo sonoro se termina procesando a nivel inconsciente. En el caso de la música esto es igual de válido, ya que muchas veces la música pasa a ser ruido de fondo de otras actividades que realizamos en el día, mucho más ahora con la multitud de chucherías que reproducen música. Uno termina por dejar de ser un auditor selectivo (que elige lo que quiere escuchar) y pasa a convertirse en un ente pasivo (escucha simplemente lo que le llega, sin discriminar en nada), lo que nos termina transformando en personas sin capacidad crítica, tanto para la música como para todo lo demás. Para evitar ser un simple juguete de las modas un músico o un auditor avezado deberían tomar consciencia de que la audición musical posee varios niveles:
Primero se encuentra el hecho de oír, que es cuando un sonido determinado (musical en este caso) llega a nuestro oído sin ponerle mayor atención de nuestra parte, como parte del ruido de fondo permanente de nuestro entorno. Es la actitud predominante en nuestra cultura del zapping y del dato puntual.
El hecho de escuchar implica prestar atención a lo que se percibe auditivamente. Cuando una pieza musical determinada nos agrada se suele realizar este paso de forma espontánea. Lo ideal es lograr este estado de vigilia a voluntad: yo escucho lo que quiero, cuando quiero.
Muchas veces uno se queda sólo en este paso y no va al siguiente, que se trata de entender lo que ocurre en determinada pieza musical. Entender implica dar un paso más e intentar dilucidar las causas y efectos de una determinada pieza, es decir en analizarla y entender su mecanismo interno. Esto no quiere decir que se tenga que tener conocimientos musicales acabados, sino que basta con tener un oído despierto y ser capaz de separar lo que ocurre en el ritmo, en la melodía…
Una vez hecho esto, uno está en condiciones de comprender la música que se escucha. Descartes decía que una vez dividido en tantas partes como fuese posible un problema había que ordenar dichas partes, y la solución quedaría ante nosotros. Comprender implica darse cuenta de las relaciones existentes entre los distintos sonidos que pueden darse en la música. Si entender es analizar cada elemento, comprender es entender la música de forma global.
Una audición bien hecha debería seguir los cuatro pasos descritos más arriba. Lo que se gana al hacerlo de esta manera es mayor claridad y un disfrute más pleno de la música, ya que uno logra hacer consciente todos los elementos que nos atraen de tal o cual estilo ¿Por qué nos gusta tal o cual tipo de música? Al final del día responder esa pregunta satisfactoriamente es conocernos mejor a nosotros mismos. O sea, es emplear la música como método de autoconocimiento.