viernes, 17 de septiembre de 2010

JIMI HENDRIX


Esta crónica la comienzo con un recuerdo que surge de mis días en el sur de Chile. Estaba en clases de “Historia del Pensamiento y la Cultura”. Se estaba hablando sobre música y qué parámetros utilizar para decir que tal o cual artista es relevante o trascendente. Un compañero saca a relucir el ejemplo de Hendrix como muestra de que no hay que pasar por la academia para ser un grande. El profe (de cuyo nombre no quiero acordarme) lo mira y le dice: -“Perdóname, pero Jimi Hendrix es un microbio”-. Estupor total en la sala, posiciones divididas a favor y en contra. Paradójicamente, el mismo gil que saca a relucir el ejemplo se convierte posteriormente en un defensor de la posición del profe, anulado seguramente por la autoridad de entendido en la materia que este debe tener.
Hoy está en boga (sobre todo entre los guitarristas que han pasado por la Academia) decir que Hendrix está pasado, que ya fue, que su técnica y su música han sido superadas si se compara con los grandes del shred como Vai o Satriani. Es hora de poner las cosas en su sitio:
Si alguien en poco más de cinco años de trayectoria sienta las bases de un sonido, y dicho sonido se prolonga y evoluciona hasta lo impensado (como ha sucedido con la guitarra eléctrica) no es porque sí y ya está. En ese sentido Hendrix es hermano de ese tipo de genios fugaces, como Rimbaud por ejemplo. Esa especie rara de gente que en un lapso de tiempo muy corto disloca el curso natural de las cosas. Gente que llega, crea un lenguaje nuevo prácticamente de la nada, sorprenden a todo el mundo, y así como llegaron se van. Son como cometas fugaces que diseminan su polvo estelar en la tierra, dejándola fértil de nuevas ideas.
A mí me dan risa los músicos “cultos” (que cuando abren la boca demuestran cualquier cosa menos cultura) que dicen: “No, si este tipo hizo música armónicamente pobre” o “lo que pasa es que técnicamente no es muy bueno”, dando cuenta de esta manera su esnobismo y su desprecio por los que hacen arte al margen de la institucionalidad, siendo que es justo ésta clase de gente la constante renovadora del arte. Jimi Hendrix últimamente ha suscitado dichos comentarios. Yo me pregunto: ¿Qué pasaría si algún musicólogo dijera ese tipo de cosas en Chile respecto a la figura de Violeta Parra? Alguien fijado en la teoría, en la métrica y ese tipo de cosas perfectamente podría decirlo, pero dado el estatus de verdadero tótem cultural que ha adquirido su figura (con justa razón por lo demás) nadie se atreve a hacerlo. Hendrix y Violeta, a pesar de ser muy diferentes en la forma, comparten un fondo común. Ambas propuestas musicales son penetrantes y crípticas, pero al desnudo minimalismo de la chilena se contrapone el afán del morocho guitarrista en superponer una capa de sonido, y otra y otra, hasta crear algo a ratos difícil de descifrar a la primera.
Lo otro que me parece un tanto reduccionista es quedarse sólo con Jimi en su faceta de guitarrista. Era un gran intérprete, qué duda cabe. Ejemplos de ello hay por montones (partiendo por su versión de “Star Spangled Banner” en Woodstock, o “Machine Gun”, con su Band of Gypsies), pero asimismo era un gran compositor de canciones. En “Axis: Bold as Love” es quizá donde dicha cualidad aparece más acentuada: está, por ejemplo, “Castles Made of Sand”, que posee un arreglo y una intro que recuerda a Steve Vai. O “EXP”, con esas exquisitas saturaciones que después usaría gente como Tom Morello. Y es en este punto donde se esclarecen las aguas respecto a Hendrix: su mayor valer es el carácter profundamente anticipatorio de su música. Él es la raíz profunda de toda la ramificación que experimentaría el rock, al darle el protagonismo y la identidad definitiva al instrumento clave de todo este asunto, la guitarra eléctrica. El funk y el metal hunden sus raíces en su figura. Pero no mediante ráfagas de notas, sino que mediante musicalidad, mediante canciones.
En resumen, la figura de Jimi Hendrix no se puede dejar de lado así nomás, por pura paja. Ciertamente hay guitarristas más rápidos y supertécnicos, pero no estoy seguro si alguno de los comemástiles de hoy en día sea capaz de crear algo tan rico en lecturas y reinterpretaciones. De hecho, quizá el shreder con más posibilidades de trascender más allá del mero virtuosismo y colocarse a la misma altura que otros como Paganini, Liszt o Vivaldi sea justamente Steve Vai, porque ha tomado muchos elementos que se encuentran en potencia en la música de Jimi y los ha desarrollado sin plantear una actitud imitativa. Su figura trasciende los meros límites del rock y de la guitarra. Gente de la talla de Miles Davis se dieron cuenta de ello y han reconocido en él un par (es impensable concebir la etapa de “Bitches Brew” sin la influencia determinante del hombre de Seattle). Ahí está su música, escúchenla a conciencia y juzguen. Crear algo en cinco años y que se tome como paradigma dos generaciones después no es moco de pavo, qué cree ud?