
Los últimos meses se ha producido un reventón social como no se daba hace mucho tiempo en nuestro país. La revuelta estudiantil ha puesto de una vez por todas en el tapete un tema fundamental, como lo es lo profundamente deficiente que es el sistema educacional en nuestro país. Las marchas y manifestaciones ocurridas durante este tiempo han mostrado lo profundamente bipolar que es hoy por hoy la atmósfera social que se respira en Chile: por un lado los destrozos, los gloriosos desmanes, cortesía de los más afectados por este sistema. Gente que, al no poseer mayor capacidad argumentativa, simplemente acuden a su musculatura mara expresar su ira; y por otro, el afán carnavalesco , con pretensiones culturales de parte de los universitarios, esa casta bienintecionada que siempre quiere lo mejor para el pueblo, aunque muchos de ellos jamás hayan agarrado un martillo en su vida, o sientan que ya no pertenecen a la clase trabajadora porque van a ser profesionales. Ellos se han querido diferenciar de los peligrosos flaites al son del baile, las performances y la música, que es lo que nos compete aquí.
¿Dije música? La música siempre ha acompañado a los grandes cambios sociales. "No hay revolución sin canciones", decía Allende, y vaya que tenía razón. Beethoven prescenció la Revolución Francesa, el elzamiento y la caída de Napoleón, las óperas de Verdi están llenas del patriotismo italiano de la época; y los mil días de la Unidad Popular se hallan indisolublemente unidos a la Nueva Canción Chilena. El artista es una especie de barómetro del ambiente social en que se desenvuelve, independiente de su posición política.
Pero ese es otro tema que demanda otro espacio. A lo que iba es que si el movimiento estudiantil es realmente tan potente como se cree ¿Cuál es la música que lo representa? La pregunta puede parecer insignificante, pero siento que no es así. El hecho de que se pueda hablar de una movida cultural (musical en este caso), de una banda sonora de un movimiento social habla de la consolidación de éste, ya que implica el empoderamiento de espacios ajenos a su origen, como es el caso del artístico. Puede que yo tenga los oídos un poco envejecidos, pero tengo la sensación de que esto aún no se da. Si alguien me habla de la Nueva Ola de Cumbia Chilena como música característica podría ser, está de moda, es popular, entretenido, y por ende, calza con el ambiente de festivo que se le han querido implantar a las marchas. Si me hablan de gente como Manuel García y otros por el estilo, a mí se me hace más complejo. Los cantautores con mensajes entre poéticos e intelectuales, por la naturaleza de sus propuestas, suelen apuntar a un público muy específico (joven, universitario, clase media-alta, heterosexual), por lo que no suelen poseer el alcance popular que, por cierto, les encantaría poseer. El gran público está aburrido de genios iluminados, de hecho no existe ninguno hoy en día, sólo quiere vacilar para hacer más llevadera la pesada carga que llevan a cuestas, decisión muy sabia por lo demás. Pero aún así siento que ninguna de las dos opciones es lo suficientemente representativa de los que hemos estado involucrados de una u otra forma en este movimiento, pero insisto, es una opinión absolutamente personal. Al no existir hoy por hoy un discurso ideológico que sea dominante la música diversifica su matriz de gran manera, haciendo de reflejo y representando la diversidad social y la inclusividad que debería ser la base de una sociedad más justa y equitativa.
Puede que la banda sonora de los últimos acontecimientos todavía esté en formación (de hecho es así), y creo que al momento que se concrete será cuando realmente se concrete el movimiento social actual. Pueden canciones sin revolución, pero no hay revolución sin canciones, sin duda.