
“El que la sigue la consigue”
Refrán Popular.
En la vida uno se puede topar con dos tipos de personas: por un lado están las que quieren algo para sus vidas y van a por ello, pero al menor obstáculo sienten que ese algo está muy por sobre sus capacidades. Al instalar esa idea en su mente deciden desistir de cualquier intento de llegar a la meta y terminan conformándose con poco para sus vidas, decidiéndose por lo fácil, más específicamente con la mímesis con la masa. Hablar, verse, pensar como ella. A esa gente se le suele llamar gente mediocre.
Por otro lado está la gente que a pesar de los obstáculos que se presenten en su vida no va a cejar en su empeño. Este tipo de gente posee una cualidad que es muy valiosa y que escasea mucho hoy en día: la perseverancia. Las personas que poseen dicha cualidad no dudan en dar todo lo humanamente posible, puesto que en su fuero más interno saben que tarde o temprano lograrán su objetivo.
Hay caminos que son más difíciles de recorrer que otros, que poseen más obstáculos. La gente que se dedica al arte la suele tener difícil. Si te dedicas a la música, la cosa es un poco más compleja. Si la opción es el rock la cosa se puede poner color de hormiga. Pero ¿Qué sensación se tendrá si en algún momento de tu vida tocaste techo y no pudiste mantenerte ahí?
Bueno, esa es la interrogante que intenta responder “Anvil: The Story of Anvil”. Anvil fue una banda de thrash canadiense que surgió a principios de los ’80 casi al mismo tiempo que los llamados “Big Four” del género empezaban a salir a flote. Nunca fueron tan populares como Anthrax pero estuvieron a la par de gente de la segunda oleada del thrash como Testament u Overkill. En la película gente de la talla de Lars Ulrich, Lemmy Kilmister o Slash dan cuenta de la calidad de la agrupación y de lo grande que pudo haber sido. Porque pudo haberlo sido. Algo pasó en medio y Anvil no pudo quedarse en Primera A, descendió rápidamente a Primera B; y de ahí a los potreros como dice mi abuelo. Sin embargo la cosa no queda ahí. Contra viento y marea estos tipos continúan tocando, aunque ya nadie los tome en cuenta. Perseverancia. Tozudez.
La película nos muestra a los dos miembros originales de la banda, Lips (voz y guitarra) y Rob Reiner (batería) – quien por una extrañísima coincidencia tiene el mismo nombre que el director de “This is Spinal Tap!”, entre otras casualidades muy raras con el legendario documental falso – intentando sacar a flote un barco que hace agua por todos lados. Les sale una gira a Europa, terminan tocando en la República Checa frente a diez pelagatos. Les sale una mano para grabar en Gran Bretaña, pero no tienen ni un peso, y cuando consiguen dinero y empiezan a grabar los amigos inseparables se pelean. Un obstáculo tras otro. Un camino lleno de piedras.
Pero ellos no cejan en su empeño y siguen. Porque de eso trata la película, de la perseverancia. Aunque todo esté en tu contra. Sasha Gervasi supo darle un enfoque adecuado a la historia para que Lips y Rob no se vean como un par de viejos patéticos (lo que no quiere decir que no exista su dosis de patetismo en este cuento), sino como dos tipos que apuestan siempre al doble o nada, aunque las más de las veces pierdan su jugada.
También nos muestra el lado humano de estos viejos dinosaurios rockeros y cómo la opción que han elegido ha afectado no sólo sus vidas, sino que también las de sus familias y seres queridos. El factor emocional juega un papel importantísimo en el documental. Por algo después de su estreno se promocionó como “el documental que hizo llorar a Tom Araya”. Cáchense esa.
Al poco tiempo de estrenado el film todo el mundo se volvió a interesar en Anvil. Incluso AC/DC los invitó para que abrieran un par de shows en su última gira y recientemente tocaron nada menos que en el Wacken Open Air, el festival de rock duro más grande de Europa, junto a Iron Maiden y Arch Enemy, entre muchos otros. Al final todo el esfuerzo y el empeño que se puso obtuvo su recompensa.
Este film va más allá de un asunto docurrealístico a lo “Some Kind of Monster”. No nos muestra a unas estrellas de rock con pose de “mira qué cool soy”. Va más allá de lo que se muestra a simple vista. Independiente de si uno gusta del metal, o incluso del rock, yo la recomendaría a todo aquel que crea que es imposible llegar a la meta. Porque aquí se demuestra que sí se puede. Pero hay que sudar la gota gorda para lograrlo.