viernes, 7 de enero de 2011
jueves, 6 de enero de 2011
Emma Bovary va a la Ópera

Hace un par de semanas terminé de leer “Madame Bovary”, de Gustave Flaubert. Un gran libro, se lo recomiendo a todo el mundo. Es una muestra de cómo el individuo debe sortear normas que se deben acatar so pena de ser excluido y marginado de ésta para lograr lo que desea realmente.
Una pequeña sinopsis: Emma, mujer de grandes pasiones y gran belleza, se encuentra casada con Carlos Bovary, un médico rural de cortos alcances y poca ambición. El matrimonio rápidamente se convierte en una absoluta y tediosa rutina, esto sumado a la lectura afiebrada que Emma hace de gente como Walter Scott y Balzac, que no hacen más que estimular su carácter apasionado; lo cual en un momento dado hace que Emma busque una serie de “alternativas” para que sus ansias de vivir no la devoren por dentro.
El libro se halla ambientado en la Francia de mediados del siglo XIX. El Romanticismo tanto literario como musical han tocado techo y comienza la lenta descomposición del movimiento. Como reacción al Romanticismo literario surge el Realismo, del cual Flaubert es considerado tradicionalmente como el máximo exponente. Flaubert estaba consciente de los defectos del Romanticismo no sólo como propuesta estética, sino que como forma de vida: el individualismo, el idealismo político y la pasión desenfrenada no cuadran con una sociedad mezquina y cerradamente pequeño burguesa como la de esos tiempos. No ofrecen ninguna solución a la existencia, sino todo lo contrario, y en “Madame Bovary” da cuenta de ello.
Dentro de esta historia hay una escena que a mí me llamó poderosamente la atención y creo que sintetiza a cabalidad lo expuesto anteriormente, que es cuando la pareja asiste a la ópera, y nada menos que a una representación de “Lucía di Lammermoor”, del lacrimógeno Gaetano Donizetti.
Hay que hacer hincapié que las funciones de ópera en esa época no eran patrimonio de viejas siúticas y pedantes como hoy en día, sino que eran un auténtico espectáculo masivo, no diré estrictamente popular porque hasta el surgimiento de Verdi la ópera era el espectáculo favorito de la burguesía, y a pesar de que la clase obrera también gustaba de esta expresión musical, no fue hasta la aparición del maestro milanés que el pueblo en pleno se identifica con la ópera. Pero ciertamente era un espectáculo de grandes convocatorias, perfectamente comparable a lo que pueden ser los conciertos de rock hoy en día. Así que cuando Emma y Carlos van al teatro no lo hacen por esnobismo, sino que por puro disfrute. Flaubert, con su pluma afilada como un bisturí, va haciendo una disección, va dando cuenta de todo lo que ocurre durante la función. Habla del fervor del público rayando en lo irracional (la cosa no ha cambiado mucho); y por otro la do también habla del divismo del cantante lírico (la cosa no ha cambiado nada). Como ya se dijo anteriormente, el Romanticismo original (el del último Beethoven y de Schubert) había decaído mucho, pero sobrevivía en lo que debe ser el rasgo más superficial de éste, que es su sentimentalismo. No es lo mismo leer a Novalis que a Bécquer. Asimismo, no es lo mismo escuchar a Berlioz que a Donizetti. A mí personalmente este tipo de ópera no me agrada en lo absoluto, la encuentro tan empalagosa como agarrar un tarro de manjar y tragármelo al seco.
Pero la bella Emma no piensa de la misma manera, muy por el contrario. De hecho, ella siente como se revuelve el deseo dentro suyo con el transcurrir de la música. Además la historia que narra guarda un extraño parecido con su propia historia. “El poder de la música” dirán algunos, pero Flaubert también menciona fugazmente el olor a gas que emana de las luces del teatro, detalle no menor, creo yo. Carlos, por su parte, quiere disfrutar al mismo nivel que ella, pero para ello necesitaría una sensibilidad análoga a la de su mujer, un desarrollo emocional que no posee, y también una naturaleza histérica como la de ella, producto de la represión profunda de su deseo. A cada época su arte, y el siglo XIX es la época del goce sentimental, por sobre el instintivo o el intelectual.
Cuando al rato después Emma se encuentra casualmente con León, un viejo amor ilícito, ella ya no duda: tiene que hacer lo que sus entrañas le dictan, no importa el coste, aunque eso la acarree al callejón sin salida en que efectivamente se encuentra después.
“Madame Bovary” es un retrato magnífico del estilo de vida imperante a mediados del siglo XIX, y que guarda algunos paralelismos inquietantes con la supuestamente hedonista y despreocupada sociedad del siglo XXI. La vida se aprisiona por el afán de alcanzar un estatus, aunque éste no se desee realmente. La historia del desarrollo de esa neurosis es la historia de Emma, y el episodio de la ópera una muestra fiel de todo aquello.
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