miércoles, 25 de enero de 2012

NOSTALGIAS

“ Desdichado aquel a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza.”
H.P. Lovecraft, “El extraño”

Apelar a la nostalgia es un movimiento comercial muy efectivo. El trillado refrán que reza que “todo tiempo pasado fue mejor”, y que tan arraigado se encuentra entre la gente siempre es una buena fuente de ingreso para el comerciante avispado. Es cosa de ver la cantidad de programas de televisión que se dedican solamente a mostrar imágenes llenas de telarañas y de polvo, pero que uno añora mucho más que los paseos al parque con los padres.
En la industria de la música este reciclaje se ha convertido en un insoportable ciclo de nunca acabar. En los 90 el revival fue setentero, la reunión con bombos y platillos del Kiss original por ejemplo, más allá de que hubiera un sector de fans que consideraban que discos como “Revenge” poseían una fuerza que no existía antes y que no justificase esa acción. En la década recién pasada la moda fue la tontera ochentera: todo lo que tuviera olor a plástico, a laca y sobre todo a kitsch fue valorado como lo más excelso jamás producido por la humanidad, cosa que es como mínimo discutible sobre todo si hablamos de la música pop producida en esta época. La década que acaba de empezar tiene todas las luces de convertirse en la época de la nostalgia noventera, de la vuelta del grunge y de sus derivados, independiente de la calidad que posean, es el hecho de pertenecer a esa etapa lo que santifica automáticamente tal o cual producto. Ya han aparecido grupos de Facebook con títulos tan peligrosos como “70, 80 y 90, la música que nunca pasa de moda”, que nos muestra que el fenómeno sigue tan vivo como siempre.
Es divertido ver cómo crecen tus amigos de infancia y darse cuenta de que aunque hayamos tenido una niñez de mierda, llena de traumas y penurias, siempre terminan idealizando esa época y todo lo que pertenece a ella: los padres, los juguetes, las películas, y la música. La evocación por una época pasada implica principalmente que no se está satisfecho con lo que se posee en el presente, y no porque el tiempo pasado haya sido mejor como suponen los ancianos, sino porque no hemos sido capaces de lograr las metas que queríamos, o mejor aún, que dichas metas ya han sido alcanzadas y nos hemos dado cuenta que la felicidad no se encuentra allí, que todo era una vil ilusión. Así las cosas ¿Vale la pena mirar hacia adelante, siendo que el futuro nunca es seguro? Claro que no, es mucho más seguro y cómodo mirar hacia atrás y ser feliz con la añoranza. En un mundo donde la comodidad es virtud, la nostalgia por el pasado es el estado mental más cómodo.
A mí personalmente la década de los 90, que se supone es la que me correspondería a mí, no me dice absolutamente nada. Mi época de colegial fue, por decirlo menos, penosa, así que me juré a mí mismo no echarla de menos. Para mí lo peor es cuando hay un carrete y empiezan a hablar de la época del colegio. Pero para no parecer amargado no me queda otra que sonreír, hacerme el hueón y simular que el tema me entusiasma. Eso no quiere decir que no tenga buenos recuerdos, pero yo no lo pasé tan bien como alguna gente pretende. Además, me da una impresión de falsedad tremenda cuando alguien pone un tema de Nirvana, y empieza a hablar de esa época como si realmente la hubiera vivido, siendo que lo más probable es que ese 1991 lo pasó tirándoselas mientras veía la tele.
La década del 90 fue la época del rock alternativo, del auge y la caída de la escena metalera en Chile, del triunfalismo económico y de la inmovilidad social. Una ola de protestas como las que se dio el año pasado habría sido impensable en 1995. Fue una década gris y monótona, porque vivíamos en el mejor de los mundos posibles, y el conformismo es la madre de la mediocridad. Se dio un intento de reavivar la escena local y muchas bandas fueron fichadas por multinacionales. De esa oleada quedaron con suerte cinco, pero eso es normal, sólo los fuertes sobreviven. Pero de seguro que muchos de los que se quedaron el camino van a aprovechar este revival para ver si pueden ganarse unas perras a costa del pasado. Así funciona la cosa. El mercado se encarga de avivar el sentimiento nostálgico porque muchos de los que fueron niños o adolescentes en los 90 hoy son adultos-jóvenes-triunfadores con poder adquisitivo (yo no soy uno de ellos claramente), así que se les vende una imagen de esa época que termina siendo más real que sus propias vivencias. Y lo digo sin ningún tipo de resentimiento ni nada, pero sí con pena, porque éste es un síntoma de que la moledora de carne sigue girando y con nosotros dentro de ella.
Por mi parte me resignaré a ver como una nueva oleada de nostalgia inunda este terruño. Una recomendación final: conserven todos sus discos de The Strokes, porque en un par de años más van a valer una fortuna, se los aseguro.